Séminaire virtuel
de
philosophie du droit

sous l'égide de

LA CHAIRE UNESCO D'ÉTUDE DES FONDEMENTS PHILOSOPHIQUES DE LA JUSTICE ET DE LA SOCIÉTÉ DÉMOCRATIQUE au département de philosophie de l'Université du Québec à Montréal
Projet subventionné dans le cadre de
l'Université Virtuelle Francophone
de l'AUPELF-UREF

MODULO 5:

NACIONALISMO, TRANSNACIONALISMO Y COSMOPOLITISMO

Jocelyne Couture

Département de philosophie
UQAM

Traducción hecha por Eliana Herrera

Introducción

La mundialización es una tendencia actualmente observable en varios ámbitos y a través de distintos niveles. Así, desde hace algunos años venimos advirtiendo la proliferación de agencias de coordinación, de integración y de regulación de la actividad y de los sistemas económicos en el plano supranacional. Una tendencia similar se manifiesta igualmente en el campo político, con la creación de organizaciones internacionales como la ONU, o el surgimiento de supranaciones, como es el caso de la Comunidad Europea, y en el campo legal, donde el derecho internacional, los tribunales previstos para el juzgamiento de los crímenes de guerra y la muy reciente Corte Criminal Internacional Permanente definen las instancias y los nuevos ámbitos de competencia. Atestigua la misma tendencia la multiplicación de organismos no gubernamentales y la creación de asociaciones y de redes internacionales de ciudadanos trabajando, por ejemplo, por la protección del medio ambiente (Greenpeace), o por la defensa de los derechos de la persona (Amnistía Internacional).

En una visión de conjunto, la mundialización se revela en su verdadero ser: no solamente como una eliminación de las barreras en la actividad económica, y no solamente respecto de las relaciones entre los Estados, sino como una puesta en marcha de nuevas estructuras y de nuevas instancias de definición de la autoridad. Tal reconfiguración en las esferas de decisión nos obliga a pensar de nuevo las instituciones de la democracia, y a preguntarnos en particular, sobre la pertinencia del sistema estatal que hasta ahora ha enmarcado tales instituciones.

Es sobre este último punto que el cosmopolitismo y el nacionalismo de tipo liberal ofrecen respuestas diversas e irreconciliables. Aunque los defensores de ambas posturas coinciden en la importancia de la democracia, así como en los desafíos que se plantean por causa de la mundialización y en la necesidad de poner en marcha en todos los escenarios las instituciones de una democracia mundial, el desacuerdo comienza en cuanto se trata del lugar que deben ocupar, entre estas instituciones, aquéllas que dependen del marco estatal.

Es así como, para los defensores del cosmopolitismo, las instituciones que necesitan al Estado no pueden sino oponerse al desarrollo de una verdadera noción de democracia, puesto que los Estados en sí mismos y el sistema estatal en su conjunto, son creaciones obsoletas que obstaculizan la verdadera participación democrática.

Desde esta óptica la desaparición de los Estados o por lo menos, del rol que les ha sido asignado y que han venido desarrollando, es una de las condiciones para alcanzar una mundialización bien lograda, es decir, una mundialización que llene el requisito de una distribución equitativa del poder entre los distintos niveles de la autoridad, incluyendo la sociedad civil global.

Los defensores de un nacionalismo de tipo liberal piensan por su parte que las instituciones estatales pueden jugar un papel importante en la búsqueda de la democracia a escala mundial, puesto que un sistema de Estados auténticamente democráticos constituye un vehículo apropiado para hacer valer, democráticamente y en la escala mundial, los intereses específicos de los pueblos y de las sociedades.

El examen de estas dos posiciones nos permitirá ver cómo el desacuerdo entre los defensores del cosmopolitismo y aquellos que quieren aprovechar los recursos del Estado-Nación, reposa sobre concepciones antagónicas de los fundamentos de la democracia.

1. EL COSMOPOLITISMO

1.1. El cosmopolitismo es en primer lugar y antes que nada una doctrina moral, que funda sobre los valores morales de la autonomía y de la igualdad, una preocupación universal de todos por todos.
El cosmopolitismo resalta en primer término el valor de la persona cuya fidelidad se debe a la comunidad mundial de seres humanos y que se percibe a sí misma como un miembro del commonwealth virtual que Kant llama „reino de los fines‰. Para sus defensores, tenemos la obligación moral de pensar lo que debemos hacer con y por el resto del mundo, como una consecuencia ineludible de la convicción primera, según la cual todos los seres humanos han sido creados iguales y dotados de ciertos derechos inalienables.
Para los todos defensores del cosmopolitismo moral, su postura establece una actitud general en la reflexión sobre la justicia, la igualdad y la propia relación de los hombres con la sociedad.
Algunos de entre ellos piensan que la doctrina cosmopolítica se expresa no solamente en la demanda por tal actitud, sino que exigiría adicionalmente el desarrollo de ciertos arreglos institucionales, realizables en el marco provisto por un sistema estatal de tipo liberal. Otros defensores del cosmopolitismo moral opinan que los ideales específicos previstos por el mismo requieren la creación de instituciones específicas; jurídicas, políticas, y económicas; y defienden también la idea según la cual la doctrina cosmopolítica constituye el fundamento moral de un proyecto político concreto. Tal proyecto político contendría razones morales suficientes para oponerse, en concreto, al advenimiento de un orden mundial centrado sobre el sistema de Estados. Esta expresión del cosmopolitismo político recibe el nombre de „Cosmopolitismo Legal‰. Los defensores del Cosmopolitismo Legal han propuesto modelos institucionales que &Mac246;sostienen ellos-, de ser implantados, garantizarían una mundialización simultáneamente coherente, desde la perspectiva de un gobierno mundial, y benéfica para el desarrollo de la democracia tanto en la escala local como global.
Antes de examinar los principales componentes de estos modelos, me propongo resumir primero, en sus grandes líneas, las razones específicas que tienen los defensores del Cosmopolitismo Legal para oponerse a la existencia de los Estados-Nación.
1.2. Los defensores del Cosmopolitismo Legal sostienen que un sistema de gobierno que confiere un papel central a los Estados resulta incompatible con el cosmopolitismo moral, en primer lugar porque el sistema de Estados contribuye a crear sociedades cerradas dentro de las cuales el ciudadano se encuentra, simultáneamente, cortado de y opuesto frente al resto del mundo.
Arguyen también que las instituciones y las instancias administrativas que constituyen el Estado trazan una línea divisoria entre el interior, formado por la sociedad civil, y el exterior, comprendido como aquello contra lo cual los ciudadanos deberían ser protegidos. El sistema de Estados se percibe entonces como un obstáculo al ideal cosmopolítico de una preocupación igual de todos por todos.
En segundo término, el sistema de Estados apoya una cierta uniformización de la vida política. Si se comprende radicalmente la autonomía de las personas, tal como debería hacerlo un cosmopolita coherente, la consecuencia necesaria será el rechazo de un orden mundial que impondría a la participación democrática un cuadro institucional rígido y uniforme, en el cual las personas no son libres de escoger los objetos, el campo, y la forma de sus compromisos políticos.
En tercer lugar, el sistema de Estados sería incompatible con el ideal cosmopolítico de igualdad porque viene siendo el responsable, de hecho, de flagrantes desigualdades en la condición de los pueblos. Las naciones ricas y poderosas del mundo se hicieron ricas y poderosas porque las otras naciones fueron empobrecidas y sojuzgadas por las guerras expansionistas entre estados, por el colonialismo y por el comercio sostenido por el Estado. A favor de esta interconexión de los estados en el seno del sistema estatal, los ciudadanos de los estados ricos y poderosos durante largo tiempo han aprovechado la miseria de los demás. Este estado de cosas está por supuesto, en contradicción con el espíritu del „reino de los fines‰ y debería ser terminantemente rechazado por todo cosmopolita consecuente.
En cuarto y último lugar, ahora que la relación entre los estados se realiza por la intermediación de poderosas organizaciones económicas, transnacionales, resulta que todos se han convertido de hecho en el instrumento del empobrecimiento y la degradación de sus propias sociedades civiles. La soberanía de los estados era y sigue siendo, un pretexto y un camuflaje para el desarrollo de prácticas que contrarían la democracia.
1.2. Entre los modelos institucionales propuestos por los defensores del Cosmopolitismo Legal, el mas articulado y el más completo es sin duda el que se conoce ahora con el nombre de „Cosmopolitan Democracy‰ (a partir de ahora, Democracia Cosmopolítica). Considerando las objeciones de los cosmopolitas legales en relación con el sistema de los estados, (que incluyen los cargos de dividir a los pueblos del mundo en la búsqueda de autonomía y de igualdad, y señalando que el Estado es el instrumento o por lo menos el instigador de la opresión y de la inequidad), el cuadro institucional de la Democracia Cosmopolítica se despliega en dos direcciones: En primer lugar, el modelo prevé la constitución de una sociedad civil global, en la cual los ciudadanos, con apoyo en las asociaciones y los grupos auto-gestionados, participarían en los procesos de decisión sobre los asuntos que les interesen y en el nivel (local, regional, transnacional) que les convenga. Puesto que estas asociaciones y estos grupos no deben ser ni creados, ni financiados, ni supervisados en forma alguna por el Estado, el modelo prevé instituciones permanentes, locales y/o especializadas, responsables de aportar los recursos estratégicos y financieros necesarios para el funcionamiento de estas asociaciones. En segundo término, el modelo anticipa la creación de una instancia supranacional de gobierno incluyendo un Parlamento Mundial, una Carta de Derechos con precisa definición de los ámbitos de competencias, y diversas instituciones supranacionales internacionales. Los ámbitos de competencia a cargo de esta instancia de gobierno, van desde la estructuración de la actividad económica hasta el arbitramento de conflictos entre los estados, pasando por la gestión de cuestiones de interés global, como el medio ambiente y la supervivencia de la especie humana. El poder efectivo en este nivel se garantiza con un conjunto de recursos organizacionales, procedimentales, jurídicos y militares.

Como se puede constatar, la idea central sobre la cual reposa la Democracia Cosmopolítica es la de crear un nuevo reparto vertical del poder, primero integrando en el nivel mundial, algunas de las funciones ejercidas tradicionalmente por los Estados sobre su propio territorio en las relaciones internacionales, y en segundo lugar, acordando a la sociedad civil global un poder de toma de decisiones que sobrepasa ampliamente aquél que los ciudadanos pueden ejercer en el seno de las democracias constitucionales, tal como éstas han sido concebidas tradicionalmente.
En este modelo institucional es importante resaltar que los Estados no están llamados a desaparecer, sino que por así decirlo, son vaciados en su contenido de sus poderes y prerrogativas, tanto en la cima como en la base. Así, pierden casi toda pertinencia política y su rol se reduce al desempeño administrativo. Adicionalmente es importante destacar que las instituciones supranacionales no desempeñan en este modelo el papel de un Estado global, puesto que su nivel de gobierno no tiene soberanía absoluta sobre ningún ámbito particular de competencia. En cambio, se podría decir que en cada uno de sus esferas de competencia, el Parlamento mundial comparte su autoridad en primer lugar con las instituciones internacionales, en segundo lugar con los Estados o con lo que de ellos quede, y por último, con las asociaciones de la sociedad civil global.
Los defensores de este modelo sostienen que la democracia resulta mejor promovida en el entorno de tal aparato institucional, que en el mejor de los sistemas estatales posible. La forma en la que estas distintas instancias de gobierno actúan unas respecto de las otras, debería en efecto conducir hacia una mejor democracia en los países, entre ellos y en el nivel mundial. El parlamento mundial, para comenzar, estaría ligado a las regiones (como en Europa o en América Latina), a las naciones y a las localidades. Existe el poder de intervenir en cada una de estas unidades y de utilizar sanciones en los casos en los cuales, por ejemplo, se produzca una violación grave por parte de los gobiernos locales, sobre los derechos de la persona. También se puede convocar a los ciudadanos de un Estado que resulte violando el derecho internacional para deponer y reemplazar su gobierno. Adicionalmente, las asociaciones de la sociedad civil podrían intervenir a su antojo en los asuntos internos de otras naciones, apoyar sus luchas y contribuir a su emancipación. Tales son las distintas intervenciones autorizadas por la Democracia Cosmopolítica y que resultarían favorables a la democracia en los países. Por otra parte, en lo relacionado con la democracia entre los países, la Democracia Cosmopolítica reposa sobre un derecho internacional que cuenta con una Carta Mundial de Derechos para garantizar, ya se trate de naciones ricas o de naciones pobres, un trato más equitativo entre ellas, en lo que tiene que ver con los convenios comerciales, el reparto de los recursos naturales y la solución de conflictos.
Se sostiene adicionalmente que el conjunto mencionado de medidas contribuiría además al crecimiento económico de los países pobres y a la eliminación de la mayoría de las causas de conflicto armado entre o en los países, creando condiciones favorables a la emancipación política de las poblaciones y al surgimiento de instituciones democráticas en ciertos lugares del mundo.
Finalmente, en el plano mundial, cuestiones tales como el medio ambiente, podrían ser reguladas más democráticamente, más eficazmente y de una forma más coherente.
Según los defensores de la Democracia Cosmopolítica habría varias ventajas en relación con la participación democrática. Así, en el plano supranacional, la centralización de las instancias de toma de decisiones garantiza una coherencia y una eficacia que debería estimular la participación democrática. También se produciría un incremento en la participación como resultado de la descentralización de los foros de decisión en el seno de la sociedad civil, puesto que sería posible para los ciudadanos escoger, con absoluta libertad, la forma y el ámbito de su compromiso político.
Adicionalmente, los Estados cesarían en sus acciones desestimulantes de la participación, como las que desarrollan en la actualidad bajo la presión o bajo el influjo de intereses externos.
Todo lo anterior encaja evidentemente con la preocupación cosmopolítica por la autonomía y la libertad de todos los „ciudadanos del mundo‰, pero además también es posible encontrar el objetivo mas específico del Cosmopolitismo Legal: lo que esta en juego con la Democracia Cosmopolítica, como lo resalta David Held, es el „inicio de la creación de una nueva cultura y de un nuevo espíritu democráticos en la escala internacional, una cultura y un espíritu liberados de las reivindicaciones partidarias del Estado‰.
1.3. Los defensores de la Democracia Cosmopolítica piensan que el modelo es realizable en el contexto actual, considerando cómo han crecido, a través de la intermediación de instituciones y agencias de todos los niveles, los lazos entre los pueblos. Lazos reales en todos los niveles organizacionales y como parte integrante de nuestras vidas. En este sentido, el modelo estaría prácticamente en vías de ser. Sin embargo, también la forma en la cual todo esto se viene concretando debería también hacer evidente la razón por la cual nos resultaría especialmente deseable la implantación del modelo de Democracia Cosmopolítica. Las diversas organizaciones mundiales que existen son, hoy por hoy, muy frágiles y diseminadas para formar un gobierno mundial, aun cuando son lo suficientemente fuertes para imponer severas restricciones a los estados y, como lo muestra bien el funcionamiento actual de los organismos de reglamentación de la economía, para dañar las sociedades civiles. Durante este lapso, las asociaciones de ciudadanos son constantemente impedidas en el desarrollo de acciones coherentes, ya por la acción del derecho internacional que protege los ámbitos de competencia de los Estados, ora por por las potentes multinacionales que protegen, con apoyo en los Estados, sus propios intereses económicos. La mundialización, de acuerdo con nuestra experiencia actual, multiplica los nexos en la escala mundial, pero abandona el mundo al gobierno de las organizaciones supranacionales no coordinadas que compiten entre sí para ejercer su autoridad en todos los ámbitos. Lo que los defensores de la Democracia Cosmopolítica proponen es la instauración, en la escala mundial, de un modo de gobierno coherente y democrático.

2. NACIONALISMOS
Durante años, los sociólogos, antropólogos, politólogos y filósofos interesados en el nacionalismo consideraron sabio distinguir dos formas: el nacionalismo étnico y el nacionalismo cívico. Orgullosos de esa dicotomía, que en sí misma llevaba la marca de una distinción entre el mal y el buen nacionalismo, pocos de entre ellos se dieron cuenta que desde hace por lo menos dos decenios, el nacionalismo se convirtió en un fenómeno multiforme y complejo cuyos aspectos legales, morales y políticos no se dejan subsumir por categorías tan simplistas. Mi interés no es el de explorar, y aún menos evaluar las distintas formas contemporáneas de nacionalismo, me propongo en cambio examinar la tesis según la cual el nacionalismo puede, en ciertos casos y bajo ciertas condiciones, constituir una opción moral y políticamente deseable en el contexto actual de la mundialización.
2.2. La forma de nacionalismo susceptible de responder a tal pretensión se inspira ampliamente de lo que Yaël Tamir fue la primera en llamar el „Nacionalismo Liberal‰. El Nacionalismo Liberal es liberal en los mismos términos del liberalismo político, tal como se estructura, por ejemplo, en la más reciente teoría de John Rawls. En primer término, la idea de Nación que aparece en la entraña del Nacionalismo Liberal nos remite a una sociedad que defiende la tolerancia respecto de los orígenes, la ideología, la religión de sus miembros. La Nación no tiene entonces como fundamento la raza, la descendencia, ni las opiniones o creencias (religiosas ni morales) de sus miembros y está abierta a cualquiera que evidencie tolerancia sobre todos estos puntos. En segundo lugar, la Nación, desde la perspectiva del Nacionalismo Liberal, es una sociedad que asume plenamente los derechos y las libertades garantizados, de una forma característica para las democracias constitucionales, y garantiza a todos y cada uno de sus miembros derechos y libertades democráticas iguales. La Nación es entonces una sociedad democrática donde todos son iguales ante la ley. Esto hace del Nacionalismo Liberal una forma del nacionalismo y es que la sociedad (liberal) esta allí concebida como una sociedad donde los miembros comparten -o desean compartir- una cultura, una lengua, una historia, una representación de sí mismos, y de ciertos proyectos políticos generales, incluyendo el proyecto de conservar &Mac246;o- de adquirir- la soberanía política de la Nación. El Nacionalismo Liberal es la forma de nacionalismo que se encuentra en casi todos los Estados liberales, que se trate o no de Estados multinacionales, Algunos pretenden que el nacionalismo &Mac246;toda forma de nacionalismo, conduce a la negación de las libertades y de los derechos fundamentales, y que resulta un factor de tensión, aún de violencia, entre las sociedades. No se puede sin duda negar que ese sea el caso para las formas no liberales del nacionalismo. Pero es evidente, aún en la perspectiva de la visión sumaria que acabo de esbozar, que el Nacionalismo Liberal no puede admitir un proyecto de sociedad que iría en contradicción con las libertades y los derechos democráticos de ciertos individuos o de ciertos grupos de individuos en el seno de la sociedad. El Nacionalismo Liberal no es un totalitarismo. Resulta igualmente claro que el Nacionalismo Liberal no puede aceptar un proyecto de sociedad que pondría en peligro a otras sociedades, o que conduciría al deterioro de las condiciones de vida en otras sociedades. Los intereses de una Nación, cuando se trata de una Nación liberal, no pueden ser concebidos de tal forma que impliquen la destrucción, la opresión o la asimilación forzada de las personas, las sociedades o de otras naciones. Una Nación liberal debe defenderse cuando se amenaza desde el exterior su existencia en cuanto Nación, o cuando se intente negar los derechos y las libertades de sus miembros, o cuando se pretenda limitar sus capacidades de autodeterminación, pero la Nación liberal no puede involucrarse en la predación o actuar en forma expansionista, en cualquier sentido del término.
2.3. ¿Cómo puede establecer el Nacionalismo Liberal su pertinencia moral y política en un contexto de mundialización? La respuesta tiene una relación evidente con el proyecto político inherente al Nacionalismo Liberal. El Nacionalismo Liberal defiende, de una forma característica, la idea según la cual las naciones deben disfrutar de una soberanía política y deben estar dotadas ya sea de un Estado que sea propio, o de un Estado que sea un auténtico Estado multinacional. Esta exigencia se formula como si fuese un requisito mismo de la democracia, que resultaría mejor servida en el nivel nacional, pero también en la escala mundial, si cada Nación tuviera los medios para, en primer lugar, manejar sus asuntos internos de acuerdo con los proyectos y las aspiraciones de sus miembros, y en segundo término, de participar, junto con las otras naciones del mundo, en la constitución de un orden mundial en el seno del cual todas podrían desarrollarse. Este segundo punto reviste una importancia especial en el contexto donde la mundialización, en todas sus formas, nos obliga a reexaminar las formas tradicionales de ejercicio de la autoridad, y nos ofrece la oportunidad de reemplazarlas por estructuras diferentes, capaces de garantizar un mundo más democrático y justo.
Pero, cabe preguntarse, ¿No responde acaso el argumento a un optimismo exagerado respecto del rol que pueden jugar los Estados en un mundo en vía de globalización y especialmente, en el contexto actual de la mundialización capitalista?
Los nacionalistas liberales reconocen que los Estados contemporáneos, implicados en acuerdos internacionales de diversa naturaleza , no hacen valer como deberían los intereses de sus ciudadanos en el nivel internacional. También admiten que los Estados contemporáneos ceden a la presión y al atractivo de intereses económicos cada vez más importantes, y se muestran, en general, más interesados en desmontar su propia sociedad civil que en apoyar y mantener el vigor de las solidaridades y de sus instituciones democráticas nacionales. Reconocen así mismo que los Estados actuales, so pretexto de sus poderes adquiridos -que no dudan en negociar- continúan utilizando los principios de no-injerencia, de territorialidad y de soberanía política para exigir silencio sobre sus prácticas antidemocráticas y para desacreditar &Mac246;a menudo en el nombre de la democracia&Mac247; a aquellos que se atreven a quejarse. En síntesis, los nacionalistas liberales endosan la crítica cosmopolítica del Estado, pero en contradicción con los defensores del Cosmopolitismo Legal, no piensan que los defectos que afligen al sistema estatal sean defectos inherentes al sistema, y no creen que la única forma de manejar estos defectos sea la de deshacer los Estados. Así, hacen un análisis distinto de las lagunas del actual sistema estatal. Por ejemplo, reciben con frialdad la idea generalizada según la cual el debilitamiento de los Estados en un mundo en vía de globalización sería la causa de un déficit democrático generalizado. Reclaman que no son todos los Estados que, en este contexto, observan impotentes la disminución de su soberanía; resaltan cómo algunos Estados se llenan al contrario de fuerza con apoyo en la defensa de la globalización económica, y usan esta fuerza en detrimento de otros Estados. La fuerza desmesurada de algunos Estados es, para los nacionalistas liberales, una fuente importante de un déficit democrático tanto en el plano transnacional como en el plano nacional. Para remediar esta situación, los nacionalistas liberales se convierten en defensores de una igualdad política entre las naciones y reivindican la soberanía no solamente para su Nación, sino para todos los pueblos del mundo. Se hacen así y siguiendo el mismo espíritu, defensores ardientes de las instituciones reguladoras a escala mundial, capaces de garantizar un trato equitativo para los pueblos y un arreglo justo y eficaz de los conflictos entre los Estados. Al hacer esto, admiten que la soberanía a la cual aspiran no puede ser sino relativa. Arguyen también que la debilidad que arrastra a algunos Estados a asumir compromisos de todo tipo y que les impide hacer valer los intereses de sus pueblos se debe menos a un déficit democrático adquirido que al resultado de un déficit democrático presente desde hace tiempo en la mayoría de las sociedades contemporáneas. Un Estado fuerte es para ellos, un Estado que apoya una sociedad real y fuertemente democrática, esto es, una sociedad deseosa de dirigir por sí misma sus asuntos internos de acuerdo con los proyectos y las aspiraciones de sus miembros, y cuidadosa de hacer valer estos intereses en la escala mundial. Y es en estos términos que se formulan las expectativas que sostienen en relación con el papel de los Estados. Estos últimos son los instrumentos, mas que los agentes de la democracia, y no pueden servir a una sociedad sino cuando esta misma sociedad es democrática en sí misma.
La confianza que los nacionalistas liberales tienen en el desarrollo de sociedades verdaderamente democráticas se funda sobre la idea que un combate eficaz por la democracia debe apelar a solidaridades supremamente fuertes, del tipo de aquellas que pueden existir entre personas perteneciendo a una misma cultura y teniendo en común ciertos ideales. Una Nación liberal, en el sentido comprendido por los nacionalistas liberales, tiene más posibilidades de constituirse en una sociedad profundamente democrática en cuanto sus miembros comparten proyectos comunes, se preocupan los unos por los otros y por su futuro común y porque sus aspiraciones y sus proyectos son moldeados por parámetros históricos y culturales de los cuales comparten un conocimiento razonablemente claro. Es así como piensan que los Estados Nación pueden desempeñar un papel en el desarrollo pleno de la democracia mundial.
2.4. Los nacionalistas liberales sostienen que el hecho incontestable de la caída del sistema de los Estados en manos de las multinacionales no es una razón para rechazar el sistema, ni para oponerse a toda forma de mundialización. Para ellos, la mundialización capitalista no es una ley de la naturaleza, es un proyecto político y socio-económico que aspira a separar lo político (los Estados) de sus bases democráticas. Afrontando un proyecto tal, la democracia exige que se la devuelva a su lugar y se le regrese su papel. La mejor forma de hacerlo, según lo sostienen los nacionalistas liberales, es la de vigorizar de nuevo la base democrática, apostándole a las solidaridades que existen en la base de las naciones del mundo.

CONCLUSION

El Cosmopolitismo y el Nacionalismo Liberal coinciden en la primacía de los valores morales que ponen como fundamentales. Para ambas perspectivas, la autonomía y la igualdad de las personas y de los pueblos ordenan una preocupación universalista de todos por todos. Muchos defensores del Nacionalismo Liberal han sostenido sobre estas bases, que el nacionalismo no puede ser admisible, desde la perspectiva moral y política, sino en cuanto sea también un cosmopolitismo. Algunos pensadores del cosmopolitismo, tradicionalmente en las antípodas de toda forma del nacionalismo, han llegado a admitir que un Nacionalismo Liberal es un componente importante, sino esencial, de un cosmopolitismo coherente. Para ellos, la preocupación universal de todos por todos no puede encontrar su fuente sino en la experiencia de solidaridades locales y en el reconocimiento del valor moral que tiene para las personas el mundo de vida, la cultura y los proyectos comunes tejidos en el seno de su sociedad. Es esto mismo lo que constituye, para el Nacionalismo Liberal, el fundamento de este valor político que es la democracia. Este fundamento es rechazado de entrada por el modelo de la Democracia Cosmopolítica al negar la pertinencia democrática del Estado Nación. En este modelo, en efecto, la democracia no encuentra su fuente en las solidaridades, los valores y los proyectos que unen a los miembros de una Nación, sino en la sola posibilidad prevista para los miembros de la sociedad global, de asociarse libremente para defender las causas por ellos autónomamente escogidas. La democracia se fundaría entonces, en último análisis, sobre la iniciativa individual. Sin embargo, se puede dudar, en contradicción con lo que dicen los defensores de la Democracia Cosmopolítica, que tal modus operandi tenga la capacidad de producir una amplia participación democrática. Una segunda objeción a esta concepción asociativa de la democracia podría sostener que la participación democrática es también función de las instituciones que, de acuerdo con lo que ha llamado John Rawls la razón publica, garantiza, en el interior de una sociedad, las libertades y la igualdad democráticas y el respecto de la tolerancia. Son estas instituciones las que en los Estados liberales, hacen que los ciudadanos, no solamente tengan la libertad de participar en las decisiones que los afectan, sino que además tengan los medios de ejercer esta libertad.
Pero además resulta irreal el pensamiento de un mundo conforme al modelo de la Democracia Constitucional, que no tendría ninguna institución de este tipo -bajo el pretexto que las instituciones constriñen a ultranza los modos de participación en la vida política-, y que supuestamente sería más propicio al desarrollo de la democracia mundial y a la igualdad de las personas de lo que lo sería un sistema estatal formado por Estados naciones liberales y auténticamente democráticos.
Para convencerse no hay sino que reflexionar sobre los aspectos económicos de la mundialización. Si las decisiones en este campo dependen en gran proporción de la capacidad de los ciudadanos de formar asociaciones se puede fácilmente anticipar que algunos grupos, menos afortunados o educados, no tendrán jamás la energía para hacer valer sus intereses con tanta fuerza como los otros. Por su propia lógica, la democracia asociativa se muestra dividida e inequitativa, y, en cuanto que tal, ella puede reproducir y aún intensificar los efectos nefastos de la mundialización económica que estamos experimentando. Se puede fácilmente presagiar que las potencias económicas internacionales, aún cuando la Democracia Cosmopolítica las imagina controladas por instancias supranacionales, no dejarán de intentar influenciar y manipular en su favor las asociaciones de ciudadanos, con miras a de forma a desviar las decisiones de las instancias supranacionales. La neutralización de oponentes aislados y la manipulación de los débiles para beneficiar intereses económicos son cosas que pueden producirse sin ayuda de la Democracia Cosmopolítica, pero parece que pueden producirse con mayor facilidad y falsear aún más los procesos democráticos, cuando se presentan en un sistema que promueve la libertad de asociación en detrimento de la igualdad democrática. Dificultades similares a las que vengo de mencionar, presentes en varios ámbitos, permiten pronosticar la extrema vulnerabilidad de la sociedad civil global en un mundo conforme al modelo de la Democracia Cosmopolítica.

La Democracia Cosmopolítica pertenece a la categoría de lo que los filósofos llaman la teoría ideal, y en cuanto tal, rivaliza con otras teorías que intentan conceptualizar y solucionar los problemas planteados por la justicia y la democracia en las sociedades contemporáneas. A diferencia de las teorías ideales, que, como el Nacionalismo Liberal, suponen el marco institucional familiar del Estado Nación, la Democracia Cosmopolítica, aun en sus versiones mas depuradas, reserva un lugar relativamente importante, y que la crítica deberá considerar, a lo que se podría llamar la experimentación organizacional. Algunos de los problemas que he planteado aquí podrían resultar atenuados como consecuencia de esta experimentación. Pero la mayoría de ellos están en la raíz misma de la Democracia Cosmopolítica y me parece que no podrán ser solucionados sino al costo de una modificación de la aproximación desarrollada por la Democracia Cosmopolítica, de la democracia en el contexto de la mundialización.
Otras perspectivas cosmopolíticas menos individualistas, más sensibles a los aspectos sociales de la democracia y a la solidaridad que forma la base, podrían ver el día. Mi conjetura, sin embargo, es que un aparato institucional susceptible de traducir las intuiciones concerniendo la democracia, se parecerá mucho al aparato institucional implicado en las mejores concepciones del Nacionalismo Liberal.

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